lunes, 15 de febrero de 2016

Los diez mandamientos de FANO


Antes de comenzar a meditar cada uno de los mandamientos, entregados por Dios a Moisés en el Sinaí, recordemos el resumen que Jesús realizó en Mt 22,36-40:
– Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
Él le contestó:
– “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este es el mandamiento principal y el primero, pero hay un segundo no menos importante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas.


Serás feliz si pones al Señor en el centro de tu vida. Si, como un niño, te lanzas a sus brazos. Si te pones por encima de las apariencias, el tener, el presumir, el querer ser el primero… Lo más grande de todo Dios. Porque cuando estamos en Él, nos movemos en Él, todo tiene sentido y realmente somos felices.
El amor ocupa tan poco porque quizá lo ocupa todo y no necesita de sucedáneos ruidosos, brillantes o metálicos.
El Dios en zapatillas nos espera, nos abraza, nos ama.
Amarás a Dios… sobre todas las cosas, sobre tantas cosas que nunca nos darán la felicidad. Amar, lo más grande, cuando Él acuna nuestros sueños, acaricia nuestras utopías y sencillamente nos abraza.



El nombre de Dios es “Abba”, “papaíto”. Es relación de ternura con sus hijos. Abba nos brinda la oportunidad de ser hijos y de convertirnos en hermanos. Abba es abrazo incondicional, sostén en las horas de la dificultad, ternura en lo cotidiano, alegría sin fin. Abba es el nombre de lo más preciado, de lo más sagrado, donde cabemos todos, donde no queda excluido nadie.
Su hermoso Nombre no puede ser utilizado, manejado, manipulado, manchado. Es el Nombre que invita a la Paz, que hace posible la fraternidad universal sin distinciones de ninguna clase, porque cualquier persona queda distinguida con su Nombre.
No usemos su Nombre en vano, para cualquier cosa. Es sagrado, regalo, sacramento, no tiene precio. Pero démoslo a conocer con pasión y con contento. Es la mejor noticia que podemos transmitir.



Santificar las fiestas es sumergirnos en la santidad de Dios. Es entrar en el dinamismo de la Familia de Nazaret: de la alegría, la disponibilidad, la escucha, el servicio y la ternura.
Santificar las fiestas es vivir desde la onda de Dios. Impulsar lo cotidiano para que todo nos hable de Dios. Pero para que todo nos hable de Él, hemos de hablar y celebrarlo en familia. El Domingo, las grandes fiestas de los santos, de la familia, los pequeños y grandes acontecimientos son motivo para pasarlo por el corazón y la oración.
Santifiquemos las fiestas, la vida… para ser cristianos de corazón y pasión.



Honrar, amar a nuestros padres, especialmente en los momentos de enfermedad, limitación, ancianidad, pero también en lo cotidiano, en tantas oportunidades que tenemos de disfrutarlos, quererlos, mostrarles toda nuestra gratitud por todo lo recibido de su amor.
Nuestros padres son nuestras raíces, nuestro origen. Nos recuerdan cómo es Dios: abrazo de padre y de madre. Son fiel reflejo de todo lo desbordante que es el Señor. Son la prueba directa de que el “amor” no es una palabra sino una realidad que puede llevar incluso a dar la vida.
Demos gracias por nuestros padres y cuidémoslos, como regalo precioso que nos regala el Creador y origen único de nuestra familia.



No matarás. Cuidarás de la vida. La regarás con amor. Porque nuestra vocación es vivir y hacer que los demás vivan en toda su plenitud. Colaborar con el Creador para que la felicidad se extienda por toda la tierra, como regadera que empapa la planta y le da vigor.
Cuidemos de la vida, de toda vida. De los de cerca, de los de lejos, de los que todavía no están, de los que vendrán, de los que se irán. De las personas, de la naturaleza, del cielo, de la tierra, del mar, de la montaña… Cuidemos la vida. Las azadas están para remover la tierra no para destruir vidas. Que los tanques se transformen en columpios de paz, que la violencia desaparezca para que la vida tenga siempre la última palabra. La vida que Dios quiere. Vida que es regalo, que se regala, que es para dar y compartir.
Cuidemos de la vida… Es nuestra principal tarea. Nuestra vocación.


Jesús nos limpia con el suavizante de su Amor. Nos regala la blancura de su corazón y nos deja las señales de una vida realmente pura: la de identificarse con las bienaventuranzas, especialmente con la de ser pobres y servir a los pobres.
Jesús nos limpia, nos da la luz para que brillemos como hijos y no como esclavos, dominados por los instintos y, sobre todo, por la colada del propio egoísmo.
Jesús nos limpia para que entremos en el centrifugado de la conversión.
Jesús nos limpia porque necesitamos que Él nos eche una mano nos saque de nuestra manera de mirar, optar y actuar en nuestro entorno, a veces más en clave de interés que de disponibilidad serena para el Reino.
Jesús nos limpia. Cuelga nuestras ropas en el tendedero que está al aire de su Espíritu. Para que todo seque y se identifique con sus planes, que son los que realmente dotan de la auténtica felicidad.
Jesús nos limpia, en positivo. Es la única manera de ser liberados.




No robarás, compartirás. No robarás, te sentirás que lo tuyo es de todos y le de todos tuyo. No robarás, construirás una sociedad con valores. No robarás, ni extorsionarás, ni engañarás para favorecer tus propios intereses.
No robarás, porque destrozamos la sociedad y la suerte de los más pobres. No robarás, porque no hace falta montarse una vida de ensueño sin necesidad. Mientras más tenemos, más nos vamos atando a más gastos e historias que están por encima de nuestras posibilidades.
No robarás. Sé honrado. La honradez es una luz en medio de una sociedad oscura, competitiva y en crisis.
No robarás, porque el puzzle social se viene abajo con tanta economía negra, tantos queriendo quedarse con lo que es de otros…


Caminemos en la verdad, en el sí que es sí y en el no que es no. Que nuestra palabra tenga palabra, que nuestras afirmaciones concuerden con la realidad y nuestras negaciones no sean contradictorias o erróneas.
Que nunca demos un falso testimonio, sobre todo, cuando puedan salir otras personas perjudicadas. Lo nuestro es mirarnos en el espejo de Jesús que es la Verdad. Que nuestra vida contraste con la suya y, sobre todo, con su Palabra.
No nos dejemos liar por la mentira. Es un enredo que termina mal y que hace sufrir. La Verdad es la que ha de tener la última Palabra. Vivamos desde ella, iluminados por ella, alentados por su fuerza maternal.



Con alegría y amor, poblarás tu mente y tu corazón de sentimientos nobles y transparentes, de conducta recta y auténtica. No te dejarás tentar por la serpiente que conduce a la muerte, la que hace cambiar los planes de Dios sobre ti, la que te lleva a arrastrarte, quitándote dignidad a ti y destrozando al otro.
Con alegría y amor, poblarás tu cabeza de todo lo bueno que hace feliz a los demás y que te hará feliz a ti.
Con alegría en el corazón, vivirás el gozo de la plenitud en lo sencillo, cotidiano, en lo familiar, en los pequeños milagros del día a día.
Con alegría y amor, la muerte no tendrá la última palabra en ti. Despedirás a la serpiente símbolo del tentador y serás libre para darte de verdad a los otros.
Con alegría y amor, cabeza y corazón, los dos a un mismo son: el de la música de las bienaventuranzas, música de Dios.

Da gracias por lo que eres, por lo que tienes, por lo que ha logrado el vecino. Y no codicies, porque la codicia te priva de disfrutar lo que te rodea, marchita los sentimientos y echa a volar lo mejor de ti.
No acumules por acumular, por ser más, por creerte más seguro teniendo. Contempla las flores del campo, los pájaros y no caigas en la tentación de exhibirte con muchas cosas. La seguridad, el equilibrio, lo da la interioridad, una vida cimentada en valores, de la que brota continuamente la alabanza y la gratitud.

Dibus: Patxi Velasco FANO 
Texto: Fernando Cordero ss.cc.

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